
Decidimos realizar un viaje relámpago, léase también, escapada de fin de semana, a Atacames para vivir una nueva experiencia turística en tres Vitaras, uno mejor que el otro, prácticos especialmente para viajes de corta duración. Pero nunca imaginamos que al dejar la rutina y los horarios del trabajo, éstos nos alcanzarían en las normas y reglas del hotel [nuestro hogar por una noche]. Tampoco imaginamos que haríamos todo lo contrario al pedido inicial. Es que aquí estaba precisamente la gracia de este viaje: desestresarnos, parrandear y por supuesto quebrantar dos o más reglas.
Tan fuerte fue el bombazo que viajó en express y al día siguiente una amiga se burlaba diciendo muy risueña: [les dieron toallas pero no las podían mojar; había piscina pero no la podían usar; si es que están en el cuarto no podían hacer ruido, y la entrada era máximo a las doce de la noche]. Sí, aunque no lo crean no es una prisión, ni una de esas residencias estudiantiles regentadas por monjitas, es un hotel en la Costa Verde y allí nos instalamos trece amigos para disfrutar de un corto paseo a la playa. Si bien un poco desilusionados, nos hospedamos en el hotel-prisión, a pesar de que había varias alternativas de alojamiento en el pueblo y decidimos que romperíamos cada una de las reglas, nada mal para trece jóvenes que amamos conocer, viajar, bailar, pero sobre todo disfrutar. Destrozamos las normas porque como dijo una amiga: "ni en mi casa soy prisionera". Al día siguiente regresamos mojando las toallas, usando la piscina, haciendo no ruido [escándalo] y llegamos tipo 3 de la madrugada [a esa hora apagaron la música en las bares del malecón].
¡Que ironía! no hace mucho leí en una revista de viajeros que la máxima de cierto hotel es que nada es problema. Cambiarse de habitación, mover los sillones de la sala para quedar frente a la chimenea, usar el spa hasta tarde, pedir una comida especial, todo es posible. Hasta está permitido una sobremesa muy larga. Ese es el tipo de detalles que hacen una estancia, perfecta. Y es el tipo de servicio que debería utilizar el hotel-prisión en donde nos hospedamos para así disfrutar al cien por ciento del arte de viajar. Pero en el hotel-prisión nunca oyeron aquello de que el cliente tiene toda la razón. Por eso, les llevamos la noticia de madrugada y con estruendo.






















